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jueves, 4 de septiembre de 2014

Aurora

AURORA...

Que lento pasa el tiempo cuando te atenaza el miedo. Porque si, tienes miedo. Aunque a veces no lo notes, distraído, conversando o simplemente contemplando las siluetas de las montañas. El miedo brota inesperadamente, como la fiebre, al caer la noche.


Porque sí, tienes miedo, aunque el valor se te suponga, aunque estés aquí en este risco, vigilando al enemigo, por Dios, por el Rey y por todas aquellas cosas que te han dicho, que te dijeron los que te hicieron sentirte obligado a venir. Aun puedes imaginar sus caras, sus ojos que ahora estarán contemplando lo que tu anhelas contemplar. Caras, unas feroces, imperativas otras mansas y compasivas. Sin saber cómo estas aquí,  convencido y desengañado y vuelto a convencer y vuelto a desengañar, en un ciclo sin fin con unas etapas cada vez más fugaces de euforia y desánimo.


Estás aquí, con la consigna de dar parte de cualquier movimiento sospechoso en la inmensa montaña al otro lado del valle, como si eso fuera fácil. Defender el cerco de Bilbao ¿quién está rodeado? ¿ellos o nosotros?. No te importa, estás atrapado. Solo te resta mirar y mirar ¿Es esto la guerra?. A duras penas puedes distinguir el movimiento allá abajo, en Las Cortes, donde los perros ladran a la luna. No sabes lo que tienes que ver, una luz, una silueta... ¿cómo se mueve un ejército de miles de hombres?




Al principio las arengas vigorizantes, después las largas marchas por la montaña, los reconfortantes momentos en el campamento, los primeros combates. Hace ya semanas que le viste el rostro al horror. Ya conoces la cara y la cruz de este instante del tiempo en el que estás encerrado. Tu mente ya puede viajar libremente entre la paz y el pánico. Sin avisar, sin control.


Que extraña es esta roca. Escribirás su nombre en ella, para limar su extrañeza. Tallarás el nombre que elegiste para ella, el mismo nombre que su madre: AURORA, seis letras, dos por cada hora de guardia. Quien sabe, un día cuando todo esto acabe, quizás ella suba aquí y lo lea, y recordará una historia que aun está por escribir y por acabar.


AU...




A finales de marzo, la primavera ya ha dado la cara. Has visto reverdecer el bosque a tu izquierda y ahora sólo te llega el rumor del salto de agua más abajo. La roca es expuesta y vertiginosa, dominando la ladera. Sólo el sonido del bosque ya te retorna al hogar, al fuego domesticado. A la pequeña criatura que apenas tuviste tiempo de sostener entre tus brazos antes de partir.




La roca es dura, pero cede ante la punta de la bayoneta. Otros han grabado símbolos, números... Tú también podrás, vas a buen ritmo. El trabajo te reconforta, te hace olvidar hasta dónde estás y a los miles de enemigos que están en la montaña al otro lado del valle. Un valle profundo, que separa dos ejércitos que ahora reposan vigilantes.


Levantas la vista, sabes que tienes la artillería enemiga al frente, la artillería amiga tu espalda y el campamento en una meseta, un poco más arriba. Sitiador o sitiado ¿quién lo diría? Sigues raspando la piedra a la luz de la luna.


...RO...


Repasas la O. Pondrás otra O más pequeña dentro de aquella, así tendrás a las dos Auroras, juntas, la una dentro de la otra, tal y como estuvieron hace escasos meses, cuando todo era esperanza. Las dos juntas, como si no necesitasen más universo, como si tu papel fuera únicamente tallar esta piedra en su recuerdo.



******
Unos sacos terreros en la orilla de un camino y unos barriles para guarecer tu silueta. Por ahora este es el fin de tu viaje. Si lo piensas un poco, eres un blanco fácil. Y es de noche.



Estos sacos y estos barriles son ahora el confín  de la Patria. Porque ahora eres el primer defensor de la Patria y del Ejército Nacional. Ahora, en esta guardia que te ha tocado. A unos cientos de metros, doblando la curva está la barricada del enemigo. Ahora tú estás delante, aquí, en Las Carreras, con todo el ejército rebelde enfrente. Nunca un puesto de guardia estuvo tan cerca del enemigo. Los puedes ver, moviéndose, unas siluetas al otro lado del arroyo, en la ladera de enfrente, entre los sembrados, mas arriba, en las montañas, en la vieja iglesia semiderruida. Te han contado que son feroces que se mueven bien sobre el terreno.


Seguramente son mejores que tú, más valientes, disparan mejor, luchan mejor. Hicieron retroceder a Moriones en febrero y ahora estás en el punto más avanzado que Loma les logró arrebatar. Defendido a tu espalda por tu artillería, pero qué sólo y vulnerable te sientes. El miedo te paraliza. Esto no lo notará el enemigo, no lo notarán ni tus compañeros.


Las Carreras... Somorrostro... qué lejanos parecían esos nombres, casi irreales. Ni siquiera cuando te señalaron la puntiaguda cumbre del Montaño desde Castro Urdiales dabas crédito a la tragedia. Tus ojos todavía estaban ebrios de mar, un mar que habías descubierto por primera vez al descender aquel valle cantábrico desde la planicie castellana.


Qué diferentes son estas montañas de tu aldea. "Eres sólo un niño" te dijeron cuando partiste del pueblo. Tu pueblo es tan diferente a estos. Tu pueblo está como adosado al suelo de la meseta castellana, como si quisiera hacerse uno con la llanura. Tu pueblo es amarillo y marrón adobe. Tu pueblo es seco, caluroso, helador. Tu pueblo tiene calles y polvo. Tu pueblo es horizontal. La guerra te ha traído a la humedad, a la tibieza, a la hierba a lo vertical. Te sientes extraño.


Varias siluetas parecen cruzar la barricada enemiga. Te aferras al fusil, estás a punto de dar la voz de alarma, a sabiendas de que el combate te dará un papel indeseado, protagonista. Cierras los ojos fuertemente, te agachas. En tu posición aun ves las cumbres de las montañas y el campanario de la vieja iglesia, erizados de enemigos. Pero eso no es lo que debes mirar, el peligro está ahí delante.


Te incorporas. Todo parece haberse esfumado, pero el terror se torna en pánico ¿y si están escondidos?. Haces lo que nunca creerías que podrías hacer. Sales del parapeto, avanzas unos metros hacia el arroyo. Te sientas al borde del camino. Si antes eras un blanco fácil, ahora invitas al disparo. Cierras los ojos y respiras profundamente, como si este fuera tu último aliento, quizás lo sea. La humedad entra en tus pulmones, una humedad extraña, que no has dejado de respirar desde que viniste. Antes de abrir los ojos piensas que ahora si que eres la verdadera avanzada de la Patria, has avanzado más que nadie en el Ejército Nacional. Abres los ojos. No hay nadie. Vuelves al parapeto. Nada ha cambiado.


Qué diferentes son estas montañas de mi aldea....

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La bayoneta sigue haciendo su manso trabajo. La misma bayoneta que usarás para hundirla en las entrañas de otro alma, como la tuya, a buen seguro. Otro alma con otras Auroras, unas dentro de las otras, como las tuyas. Inevitablemente.

...RA


Has acabado. Contemplas satisfecho tu labor. Su nombre tallado en esta roca extraña, que ya no es tan extraña, porque lleva sus nombres. Lo contemplas con las primeras luces del alba.


Amanece a tu espalda. Como cada día, las baterías enemigas vomitan fuego y metralla.


... AURORA



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Después del combate de finales de febrero de 1874, el ejercito liberal estableció sus avanzadillas en Las Carreras. Sendas baterías de artillería fueron instaladas en las colinas del Campón y San Lorenzo.

En la salida de Las Carreras hacia Bilbao, la carretera desciende hasta cruzar imperceptiblemente el arroyo de La Bárcena para después girar a la izquierda. Los grabados de la época muestran un puesto de vigilancia en el margen de la carretera, donde hoy en día está el grupo María Auxiliadora. Desde aquel puesto se podía observar a unos cientos de metros la barricada que había colocado el ejercito carlista para bloquear la carretera, a la altura del actual hito kilométrico 129 de la N-634. También se podía observar el camino que sube hacia Santa Juliana y todo el perfil de los montes de Triano. Posiblemente, este puesto de vigilancia era el punto donde ambos ejércitos se encontraban más próximos entre sí.


Puesto de vigilancia cercano a la N-634. "London Illustrated News". Cortesía de Jesús Arrate


El puesto de vigilancia era un parapeto construido con barriles y sacos terreros. Tenía un solo centinela.

******
Durante el sitio de Bilbao, el ejército carlista tenía establecido su campamento en una pequeña meseta en los montes de Triano. Aun se conoce el lugar como "Los Campamentos"


Cerca de allí, aunque el Pico Ventana, es una cima secundaria de los montes de Triano, es un lugar privilegiado desde el que se domina, como si de un balcón se tratase, gran parte de lo que luego sería uno de los campos de batalla en los enfrentamientos de Somorrostro: A la izquierda se domina la vaguada del río Mayor, justo debajo  el barrio de Las Cortes, Sopuerta y el curso medio del Barbadún y enfrente Montellano, Mello, Peña Corvera y un poco más a la derecha Janeo, todos ellos emplazamientos de la artillería liberal.

La cumbre del Pico Ventana, está compuesta de unas losas areniscas horizontales, como los estratos rocosos de las inmediaciones. En estas losas, se pueden apreciar antiguas inscripciones que se atribuyen popularmente a los soldados carlistas que montaron guardia en ese lugar.

En una de esas inscripciones se puede leer nítidamente AURORA, con la O doblemente marcada.








lunes, 20 de enero de 2014

El viaje más largo


Dicen que todos reconocemos la voz de nuestra madre de manera automática, que la aprendemos mientras estamos en su vientre y que ese recuerdo nos acompaña, imborrable, durante toda nuestra vida. Yo añado otros sonidos, en especial las campanas del pueblo, en especial para los que nos hemos criado cerca de un campanario. Las campanas de cada campanario suenan diferente, porque diferente es su fundición y su acústica. Y las campanas del pueblo resuenan en los oídos, hogareñas y maternales. Y únicas.



Hace algo más de cuarenta años, en el campanario, podría haberse escuchado esta conversación:

- Eh, pss...
- ¿Que?
-Si, tú...y tú también..
-Yo ¿qué?
- Que podemos hablar...
- Ya, vaya cosa. Y, después de casi veinte años colgadas aquí, ¿te das cuenta ahora?
- Bueno, ya sabéis, la gente sube aquí y cuenta cosas.....
- Y te diré más, a las campanas, según nos funden nos dan un oído finísimo, Podemos oír mejor que cualquier bicho viviente, y por supuesto hablar ¡Faltaría más!. Pero tú ¡Qué vas a saber! si estás ahí colgada, en el centro del campanario.
- Eso eso, no como nosotras que estamos aquí viendo el paisaje. Desde aquí podemos verlo todo.



- Os creéis muy importantes porque repicáis en fiestas y misas, pero ¿quién da las horas? ¿eh?, ¿quién trabaja todos los días? ¡dos veces a la hora, veinticuatro horas al día!. Y además: tendréis buen oído, pero ahí fuera cada vez hay más ruido, cada vez pasan más coches por la carretera, no se dónde va a acabar esto. Con tanto ruido no se oyen las conversaciones de las gentes. Y además las confidencias más interesantes se hacen aquí cuando alguien sube al campanario.
-¿Y lo que te pierdes por estar ahí metida?
- Y tú, ¿qué ves?
- Yo miro al norte, veo el mar, la playa de La Arena, el Montaño, donde hace casi cien años se mataban las gentes en una guerra, la marisma y prados, muchos prados. Veo salir el sol por el Serantes en las mañanas de verano y pastar las vacas en el prado del Mortuero. Aunque ahora le llamen Mortuero al campo de fútbol, el Mortuero era todo este prado, hasta la Plaza de la Trinidad. Esta fachada es muy fría, recibo el viento norte y me mojo con la lluvia, menos mal que somos de bronce.


Santísima Trinidad. Siendo párroco Recaredo S. Rasines Perea. Año 1941

- Por cierto, ¿que ha hecho el Abanto?
-No sabía que te interesase el fútbol.
-Sólo era por preguntar... En fin. Y ¿tú?, tú ¿qué ves?.
-Yo miro hacia el sur y hacia el oeste, veo pasar los coches por la carretera y jugar a los niños en la campa de la iglesia, veo los montes de Triano, son de un verde tan oscuro que parecen azules, las minas allá a lo lejos, en Las Calizas, y después el Mello, donde se ven las puestas de sol y veo alejarse la carretera hacia Santander por La Rigada y en primavera veo las fiestas de la Trinidad. No sé por qué hace tanto viento en este pueblo, este viento sur es molestísimo, aunque pesamos cientos de kilos, nos balanceamos y tenemos que hacer verdaderos esfuerzos por no sonar.


Nuestra Señora del Carmen. Año 1974

- Tenéis un buen panorama, yo en cambio, aquí metida, con un peso descomunal, trabajando cada media hora. Si, ya se que tengo el honor de llevar el nombre del Santo Patrón, pero es que nunca me da el sol.
- Vale gorda, no te quejes tanto, que con esa abertura te enteras de todo de lo que dicen los que suben aquí. ¿Sabes que te digo?, que hacemos un buen equipo Nosotras miramos y tu escuchas.
- Claro. La gente sube aquí y cuenta cosas......Basta de cháchara ¿a que no sabéis que día es hoy?
-A ver, no es de día, es de noche y bastante cerrada, la luna apenas ha brillado.
- Hoy es 21 de julio
- Y ¿qué?
- Ahora mismo hay tres hombres intentando posarse en la Luna, igual ya están paseando por allí.
-Y tu cómo sabes eso
- Ya sabéis, la gente sube aquí y cuenta cosas.....
- Y en la Luna, ¿hay campanas?
- No sé, puede ser.
- Eh ¡callad!, mirad ahí abajo, en la campa hay alguien.¿Quien será a estas horas?

En la campa de la iglesia, se distingue una silueta de sotana raída, boina y la luz intermitente del fuego de una pipa. La silueta mira con atención al horizonte, pensativa, buscando algo en el cielo en dirección al Mello.

- Es Don Luis, seguro que está buscando la Luna. No la encontrará. Hace tiempo que se ha puesto.
-¿Tú crees que Don Luis sabe lo que está pasando ahí arriba?
-Seguro que sí.
-Y tú ¿cómo lo sabes?
-Ya sabéis la gente sube aquí y cuenta cosas...

- No vamos a esperar otros veinte años para hablar ¿no?
-Descuida



******************
El 16 de mayo de 1942 se inaguró la nueva iglesia de San Pedro de Las Carreras, en el lugar donde había una antigua fragua. Se construyó financiada por el programa "Regiones Devastadas", para sustituir a la antigua iglesia destruida por un incendio en 1932. Las obras fueron ejecutadas por Sota SL y costaron 224.415 pts.

La antigua fragua se encontraba en un solar cerca de la carretera nacional, De ella sólo quedan las piedras de un estanque que hoy en día sirven de jardinera.


Aunque el incendio de la vieja iglesia respetó las campanas, en el nuevo campanario se montaron cuatro campanas nuevas: "San Pedro", "Santísima Trinidad", "Inmaculada Concepción" y una cuarta campana sin nombre, fundidas en el taller de Ángel Perea en Miranda de Ebro (Burgos).

En 1974, se añadieron dos campanas: "San Luis María" y "Nuestra Señora del Carmen", fundidas en el taller de Hermanos Portilla en Gajano (Cantabria).


El 20 de julio de 1969, Neil Armstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins viajaron hasta la órbita lunar. Armstrong y Aldrin, a bordo del módulo lunar Eagle, lograron pisar la superficie de la Luna a las 2:56 de la madrugada del 21 de julio, mientras Collins les esperaba en órbita. Los tres volvieron sanos y salvos a la Tierra, en lo que fue el viaje más largo realizado por ningún ser humano.

En aquel momento la Luna estaba en creciente y ya se había puesto por el Mello.

Aquel mismo año, el cura de Las Carreras, Don Luis E. Pinedo, siguiendo las instrucciones del Concilio Vaticano II, encargó las obras de construcción de un sagrario en el interior de la nave principal de la iglesia. Para ello utilizó roca arenisca, igual que la utilizada en los muros del templo.

Don Luis, entusiasmado con la hazaña espacial, mandó grabar en un lateral del sagrario un homenaje a los astronautas. SE HIZO CUANDO EL HOMBRE PISÓ LA LUNA. XXI-VII-MCMLXIX. De esta manera, la iglesia nueva de San Pedro de Abanto se convirtió posiblemente en el único templo del mundo en tener un recuerdo al viaje más largo realizado jamás.



PD. Las campanas de Las Carreras no son las primeras en "hablar". En Pobeña, también tuvieron su conversación.







jueves, 15 de agosto de 2013

Pobeña tenebrosa

Esta historia me la contó mi padre, que es pobeñés. Y a él, su padre que era pobeñés y práctico del cargadero y algo debía de saber de estas cosas. Y yo la cuento aquí, sin mayores pretensiones de credibilidad por parte del lector, que, como se sabe, es dueño de creerse lo que le venga en gana y mejor le parezca y hacer de su capa un sayo.



Correría más o menos cuarto y mitad del siglo XIX. Don Antonio Helguera, vivía en Pobeña, en un caserón, con los cimientos bañados por el río Valles. No era una mala casa, con dos plantas e incluso un pozo en la planta baja aprovechando el hueco de la escalera de acceso al primer piso.

Pero es que Don Antonio no era un vecino cualquiera. Era ni más ni menos que el administrador de Don Mateo Urioste. Un indiano que, como otros, a su vuelta compró tierras en el pueblo y se convirtió en el hacendado del lugar, acumulando rentas de montes y huertas de una Pobeña aun inalterada por lo que vendría después.

Así que Don Antonio tenía trabajo,  vaya si tenía. No era raro que le sorprendiese la caída del sol en su gabinete, haciendo números y entre papeles y libros de cuentas.

Aquella tarde de octubre fue una de esas. En Pobeña, en esa época, y a eso de las ocho de la tarde, hace tiempo que el sol ya se ha puesto detrás del Janeo. Parco horizonte tiene la aldea para propiciar tardes luminosas. Aquella tarde, Don Antonio, ofuscado de tanto número y papeleo, decidió salir a dar un paseo antes de cenar para despejarse y coger la cena con más apetito.

Salió por el portalón y tomó el camino de San Julián, la de salida de la aldea, con la intención de llegarse como muy lejos hasta las huertas de Socarral, para poder echar vista a la playa.

Al pasar delante de la iglesia notó una ráfaga de  viento que le levantaba la capa. Era una de esas noches de octubre con viento del suroeste, ese viento que deja la atmósfera limpia en el Cantábrico y que hace correr nubarrones altos que sueltan algún escaso chubasco. "Viento castañero", pensó Don Antonio, sin darle mayor importancia, mientras al coronar la cuesta de las Tres Cruces, veía salir la Luna, por el Montaño, entre nubes correderas.

Al llegar a las huertas de Socarral, empezaron a ladrar los perros. La soledad había sido total. Las gentes se recogían pronto. Nada invitaba a pasear en una noche tan desapacible. Así que, tras echar un breve vistazo a los blancos rompientes en la playa de La Arena y a la potente pleamar de la marisma de Areño, decidió darse la vuelta. No era cuestión de tentar a la suerte e internarse en el encinar de más adelante. La noche era solitaria, pero no era la primera vez que alguien era asaltado amparándose en la espesura.

Y así inició el camino de vuelta, dándole cara al viento sur. Al pasar delante de la última huerta, la que solía estar plantada de patatas, oyó un fuerte golpe, como de una puerta, seguido de un sonido metálico. No pudo evitar sobresaltarse, aunque pensó que, con aquel viento, sería la puerta de una chabola de la que se usaban para los aperos. No hay nada como una explicación racional para estos casos. Al fin y al cabo, él era un hombre de números y leyes.
Pero así todo Don Antonio, no pudo evitar el apretar el paso, pensando en que le quedaba un cierto trecho y aquello estaba muy solitario. Y muy oscuro. En los siguientes veinte metros, de manera inconsciente miró hacia detrás dos veces, comprobando en ambas únicamente el camino solitario y la noche cerrada.

La tercera vez que miró hacia detrás fue diferente. Distinguió claramente tres siluetas humanas que avanzaban a su mismo paso veinte metros más atrás. Parecían tres mujeres de luto con pañuelo a la cabeza, ligeramente encorvadas hacia delante. Dos de ellas, parecían llevar algo alargado en la mano. Avanzaban a buen paso, un paso decidido, a un paso impropio de la edad que representaban. Iban como parloteando, con un extraño tono.

Pensó por un momento en salirles al paso, pero pronto lo descartó. Su cabeza se atribuló de conjeturas: ¿De dónde habían salido? Pensó Don Antonio, pero sobre todo ¿Quienes eran?. A toda velocidad, repasó mentalmente a cada vecino de la aldea, a quienes conocía bien, intentando identificarlas. Nadie se ajustaba a aquellas siluetas ¿cómo habían aparecido de la nada?. Si él había mirado para detrás una y otra vez y no había nadie, habrían salido de una huerta. Ningún lugareño trabajaba en la huerta a esas horas. Ninguna mujer del pueblo osaría andar sola por aquellos caminos. ¿Habrían salido de un seto? ¿habrían estado escondidas?. Era extraño ver a tres mujeres por ahí a estas horas. Y ¿si no eran mujeres?, si eran asaltadores disfrazados o algún vecino que quería "ajustar cuentas". Algún candidato tenía. Avanzaban con determinación. De todas maneras, ese parloteo como animal, que a pesar del viento podía distinguir, era muy diferente a cualquier cosa que nunca hubiera escuchado.

Al volver a coronar las Tres Cruces, perdió a las siluetas temporalmente de vista  y decidió acelerar el paso, casi correr,  y esperar acodado en la tapia del cementerio. No quería descubrirse huyendo. Al fin y al cabo él era Don Antonio, administrador de Don Mateo. No tenía nadie de quien huir y si había muchos que le debían respeto.

Cual fue su sorpresa cuando comprobó que, casi de inmediato, las siluetas le habían ganado un puñado de metros. Habían acelerado el paso tanto o más que él. En la distancia corta pudo distinguir algo que le dio un vuelco al corazón. Lo que llevaban en la mano aquellos seres eran .... ¡hachas!. Casi en el momento de darse cuenta de esto. Las tres siluetas iniciaron la persecución a la carrera hacia él, en la oscuridad, emitiendo unos chillidos como de lechuza, sin cesar su parloteo.

Don Antonio, ya en franca huida, con sudores fríos, sin importarle el qué dirán, entró corriendo en las primeras casas de Pobeña, solitaria y oscura. Pasó a la carrera por delante de la iglesia, y por delante de la casa de Don Mateo, sin pensar siquiera en pedir ayuda, sin pensar siquiera por qué él era objeto de aquel ataque. Sólo pensando en refugiarse en su casa y salvar el pellejo. Su único pensamiento lúcido lo utilizó en sacar la llave del portalón para tenerla bien preparada a su llegada.

Menos mal, porque lo que pasó más tarde le habría quitado la lucidez a cualquiera. Lo que Don Antonio vio al volverse atrás mientras corría le heló el alma y le convenció de que lo que le perseguía no era de este mundo. Una de las tres siluetas se había adelantado y estaba a punto de alcanzarle. Dentro del pañuelo pudo apreciar el espeluznante rostro pálido e iluminado, y la boca entreabierta lanzando aquellos gritos. Las otras dos, amenazando con sus hachas, le seguían más atrás, presagiando el inevitable final.

Los pocos pensamientos que pudo articular en esos breves instantes los dedicó a poner nombre a aquellos seres.  ¡Brujas!. Si brujas, algo de lo que nunca se hablaba en la aldea, no sabía si por miedo o por ignorancia.

Llegó al portalón, tanteó con la llave y en un movimiento rápido, automático, logró abrir la puerta. Entró y se disponía a cerrar por dentro con una enorme tranca cuando notó que la bruja que le perseguía empujaba la puerta para entrar. Don Antonio forcejeó con la puerta. Aquel ser tenía una fuerza descomunal. Así que se abrió paso y se encontró con Don Antonio, armado grotescamente con la tranca, frente a frente. La bruja le miró, con unos ojos en unas cuencas que a él se le antojaron vacías. Y aquel ser, emitiendo un chillido e inundando la planta baja de luz se escapó por el hueco del pozo que había debajo de la escalera sin dejar rastro.

Pero aun quedaban otras dos. A Don Antonio ya le había dado tiempo de echar la tranca y se quedó expectante detrás de la puerta, asistiendo a un espectáculo de golpes, gritos y hachazos en la madera del portalón. Las brujas estaban descargando toda su rabia contra la puerta.

Súbitamente todo cesó, y se encontró sólo en la oscuridad como si nada hubiera pasado. Encendió una vela y subio al primer piso a sus habitaciones.

Ni que decir tiene que esa noche Don Antonio no cenó, ni durmió. Aunque tenía una exquisita cena que Adelina, su asistenta, le había dejado antes de irse. Se quedó en su cama rumiando aquello que la había pasado, intentando racionalizarlo y no consiguiéndolo cuando se acordaba de las visiones que había tenido.

A la mañana siguiente, con el mal cuerpo de la noche agitada, abrió el portalón. Nadie en el pueblo había visto nada. Nada le comentaron. Tampoco él preguntó. Don Antonio abrió el portalón y vio las dos marcas de los dos hachazos de la noche anterior, como testigos de que aquello no había sido un sueño, o una alucinación.

Los "hachazos de las brujas" seguían allí hace cuarenta años, cuando mi padre me llevaba a la procesión del Socorro y me contaba esta historia, al pasar por allí.

Y allí siguen todavía.

Algunos no se lo creerán, dirán que las brujas no existen. Quizás tengan razón. Otros le intentarán buscar una explicación más o menos racional. Un ataque "humano", quizás durante la guerra carlista. Otros lo creerán a pies juntillas y mirarán las marcas con temor. Yo no se qué pensar. Porque...¿quién sabe?.